Narcolépticos profesionales

Creo que esta narcolepsia empezó hace dos años, doctor. El día que maté a un hombre de la manera más ruin. Era taxista. Le pegué un tiro y le robé la cuenta. Sobre el tablero del auto una cámara grabó el crimen. El video está filmado con vista nocturna, por eso nuestras siluetas son de un verde encendido y humeante. ¿Ha visto videos de YouTube? Ahí lo puede encontrar, pero tenga discreción porque es terrible. Rastréelo acabando la sesión, y después no me vaya a tener miedo.
—De acuerdo —le dije y escribí en mi cuaderno de notas: “La gente está subiendo sueños a YouTube”. Traté de recordar si en las políticas de uso de esa portal de videos había leído alguna advertencia al respecto. Pero no.
—Doctor, intentando encontrar la manera de expiar aquella culpa de pronto me encontré cansado. Y un buen día me descubrí tirado en el piso. Desperté porque un camión pasó a mi lado y casi me aplasta la cabeza. ¿Quiere saber algo? En el instante que cometí el homicidio no recuerdo haber sentido remordimiento alguno, acaso después tuve miedo de verme a mí mismo incapaz de sentir.
—Un momento, por favor. Permítame avisarle que todo lo que me está diciendo se está grabando en la cámara de allá. ¿La ve? En la esquina. Es un procedimiento normal de la clínica para hacer análisis posteriores sobre métodos de diagnóstico. Ahora le explico sobre el otro asunto: efectivamente, parece que tiene narcolepsia, una enfermedad incurable.
—Sí, doctor, pero insisto: estoy sufriendo. Ya ni el sueño vence mi impaciencia, más bien la alimenta. Ahí está todo el tiempo. Ya hasta busco la cura en sueños.
—Le recomiendo que deje de hacerlo. Porque mientras más busca, va usted descendiendo a más profundas escalas en el mundo del sueño, perdón, en el ciclo del sueño.
—¡Eso temía! Así es. Yo ya me quedo dormido en los sueños. Eso es lo que me pasa.
—Tenga cuidado. ¿Sabe qué puede ocurrir? Que puede entrar a subsiguientes etapas en donde se despliegan entornos de apariencias, dicho esto último entre comillas. Ahí sobrevivir depende de su capacidad de adaptación: de hacerse de bienes corpóreos y etéreos, de desarrollar habilidades al mismo tiempo de servidumbre y de patronazgo para aprender a dirigir y a ser dirigido, de acrecentar el don de la palabra como mecanismo de convencimiento y disuasión. Son ambientes, por denominarlos de alguna manera, en los que hay que poseer la habilidad de generar problemas, para después proponer soluciones efectivas, válidas y comprobables y ejecutarlas, como una forma de demostrar su aptitud. Si este mundo ya es de apariencias, imagine otros aún más complejos y sofisticados. Si usted no es apto, ni suficientemente inteligente, no podrá percibir pequeños detalles, y éstos lo pueden engañar y provocarle un sufrimiento aún mayor, porque en esos tiempos y espacios amorfos se retan los valores establecidos y se pone a prueba la moralidad comúnmente aceptada en lo que podríamos llamar el mundo de los despiertos. Lo pueden desfalcar, por ejemplo.
Le sigo explicando: En esos terrenos, digo esto último entre comillas, para que no me malentienda, debe tener muchas relaciones, y éstas deben ser funcionales, con semejantes a usted, porque existe el riesgo de que así como se encuentra, sin cumplir con los requerimientos mínimos, sea visto en principio como inadaptado, y después como un loco, y de que lo manden a un confinamiento temporal o permanente, o lo sujeten a tratamientos que lo mantendrán en un estado permanente de, cómo se lo podría describir, sí, de sopor. Mejor piénselo, busque en su interior una razón para despertar. Imagine que de pronto sea muy probable que todo lo que ve ahora sea un sueño. En algún momento no sabrá ni siquiera en qué etapa está. Despierte. En el mundo de los despiertos puede votar, por ejemplo.
Y, sí, quizá me podría argumentar que este otro mundo es enigmático, que se invoca constantemente al verbalizar los anhelos: "yo soñé qué se acababan…, yo soñaba que se abrían…", "sueño con un mundo que sea…". Sí, pero quizá todo sea falso.
Qué importa si mató, al menos sabe que su destino probable es la prisión y que pasado cierto tiempo puede recuperar la libertad. Sabrá con certeza que el tiempo pasa, si es ateo, por obra del propio tiempo concebido como una variable de la física, o si es usted creyente, por la existencia de un ser superior que nos gobierna, pero felizmente asimilará que transcurre. El determinismo es un bálsamo ante la incertidumbre. Pero acá no existe. Le digo que aquí no puede usted votar. O sí, pero en realidad no.
Si acaso le recomendaría, antes de despertar, que recordara, como buen fanático de YouTube, el video de una mujer desnuda brincando en tumbling. Póngase a brincar con ella un rato y luego…
—¡Despierte!
Así terminé la sesión con el “asesino de taxistas” y me fui a casa. Le conté a mi mujer que el problema tangencial con el tipo, con la gente, con nosotros, es que todos andamos subiendo sueños a YouTube. El caso de este matón lo conozco perfecto, lo he visto muchísimas veces, sentido su revólver en busca de un punto en mi cabeza mientras veo el dinero de la cuenta atesorado en una caja frente a mí. Lo último que percibo después de un estruendo ensordecedor es mi cabeza vaciándose de toda sensación y emoción. Un río caudaloso verde humeante, por la cámara nocturna, se desborda por el parietal, fracturado, antes de que mi cabeza, como un globo sin presión, desmaye para siempre mientras el tipo me roba. En fin.
Le entregué el video de la sesión a mi esposa y le pedí que lo editara, lo recreara y lo subiera a nuestro canal de YouTube. Sí, todos estamos en el mismo barco. A ver si aparece otro cliente, otro supuesto enfermo de narcolepsia.
—Resolví que la desesperación del tipo aquel lo tenía en un estado alterado y no admitiría fácilmente mis advertencias sobre la necesidad de despertar.
—¿Y si vuelve mañana, qué vas a hacer?
—Le diré la verdad, que es un fantoche, un soñador barato, un tipo que se duerme por flojera o por depresión o por alguna culpa subconsciente que yo no le ayudaré a descubrir. Que es un amateur. Y que aquí simple y sencillamente no puede serlo. Que aquí, en este maldito mundo, sólo puede haber narcolépticos profesionales.
—¿Y si aún así no entiende?
—Entonces empezaré la terapia por síndrome de déficit onírico. Le diré que en la clínica Pavic encontró la ayuda con la que tanto, y diría esto último entre comillas: soñaba.

Demolición

Nuestro reflejo en la pared de cristales del edificio nos hacía difusos, brumosos. Pero aquella imagen sesgada por la opacidad del vidrio era la más apegada a lo que somos. Nos tomamos de la mano con un gesto angustioso y te dije, como en la película, que aquél era un momento muy complicado en mi vida. Supe que la angustia no era tal, sino una respuesta del instinto de defensa ante la primera serie de explosiones que se sucedió sincronizadamente después de pronunciar el argumento.

El espectáculo del derrumbe empezó, y yo supuse que tú sentías que volabas, siempre bien atado el cinturón de seguridad, en una cápsula de rueda del infortunio. Más bien: de la fortuna. O como sea mejor. Y yo sentía que había decidido desabrochármelo dipuesto a exacerbar el vértigo. Empezó a oler a polvo y a pólvora cuando me apretaste la mano, estando de pie frente a aquel, nuestro espectáculo nocturno. El piso era trémulo. Me imaginé las contracciones de un cuerpo agonizante, pero a gran velocidad y empapado en una ola de terror que parece expansiva e interminable mientras dura, y que se concentra en un punto del tamaño de un puño palpitante.
Estábamos en el piso treinta y siete para mirar aquello que pactamos ver como un apocalipsis, pero protegidos por cristales de diez centímetros de espesor.
El colapso tan rápido lo grabamos en nuestra mente, pero en slow-motion, y me pregunté si habría, y supuse que sí, tratados sobre el colapso. Imaginé que éstos comenzarían con una descripción sobre la debilidad provocada a las estructuras por situaciones violentas aunque no siempre intempestivas. Diría: hay edificios que se caen con dinamita y edificios que se caen con susurros o en silencio.
Me distrajo luego un temblor de entre muchos que cimbraban la planta entera del hotel en el que mirábamos en pie. Más bien: de pie. O como sea mejor. El cielo lucía hermoso, la noche era más bien grisácea como las tardes en las que dices adiós, y nuestro reflejo en las paredes de cristal ahora había pasado a segundo plano, como si alguien hubiese apagado la luz interior. Más bien: del interior. O como sea mejor. En ese momento se había desprendido y ya caía irremediablemente, hecha añicos, la historia que guardan las paredes de las habitaciones y de las oficinas, las historias de personas que trabajan o brindan con whisky, que se unen para conspirar, o para hacer el amor.
Todo estaba dispuesto para que nadie en ese lugar creyera que miraba la destrucción más como un voyerista que como un espectador: pisos enteros de una construcción se venían abajo y se besaban más intensamente que los amantes febriles, se estrellaban y fragmentaban de emoción, se integraban en piezas amorfas de concreto y acero en el aire antes de representar su propio fin. Todo ocurría en segundos. Un edificio se convertía en sus partes. No en sus materiales, sino en trozos, en escombros que servirán para rellenar huecos, para cimentar nuevas estructuras. “Como nosotros”, empecé a pensar, pero la idea se interrumpió cuando comenzaron a sucederse, de nuevo planificados, otros estallidos. Primero en el lado izquierdo de la torre; esos me hicieron pensar en (¿o sentir?) una pierna perdida tras la detonación de una bomba. Normandía, la Segunda Guerra Mundial. Demasiados kilómetros y años de distancia para ir y volver en instantes. Por suerte la experiencia emocionalmente me produjo poco dolor. En seguida en el lado izquierdo. La mano con la que escribí aquella carta que decía: “No sé si fue mágico el momento en que te conocí o porque te conocí mi mente se ha aferrado a pensar que hubo magia en conocerte…”, esa mano hecha añicos, floreada en hilos musculares, con la piel pincelada por un ventarrón enrojecido, quizá radiactivo. Luego en el centro, muchas luces que se asfixiaban por el humo.
Una pila de recuerdos perdiendo el punto de equilibrio, jugando a mezclarse y diluirse, como los muros, castillos y trabes. La demolición avanzaba con éxito en aquella esquina de Las Vegas y teníamos la piel erizada porque nuestro reflejo en los cristales del hotel ahora estaba integrado con la imagen del fondo. Un hombre y una mujer tomados de la mano, un —dirías en tus horas doctas— inmueble, precipitándose suavemente destrozado. Integrados, dos planos secuencia de películas sobrepuestos al mismo foco que las filtraba y proyectaba. Nos dio tristeza cuando se vino abajo el torso. Más bien: la construcción central del edificio, en el que aparentemente se concentró oxígeno respirable, porque un chispazo produjo una llamarada que de roja sangre pasó a azul hirviente y a negra muerto. Y en la azotea, una enorme esfera rapada se desprendió y rodó y de un par de agujeros abiertos al frente, que habrían servido como mirador, salieron dos chorros de agua gris que extinguieron cualquier idea de futuro inmediato. No, no fue eso lo que extinguieron. Más bien dos incendios que asomaron tímidos de sendas ventanas inferiores. O como sea mejor. Tú y yo suspiramos a la par. Ya todo se había desplomado por completo. No había todo o más bien había nada, o al revés. Pensé en la fragilidad de los gigantes, en la intensidad de la acupuntura, en el manido aleteo de una mariposa y en un pinchazo de gastritis en la boca del estómago. Giré a verte y había trazos milimétricos de rimel en tu mejilla (Pollock, grité en mi interior). Y la contemplé mientras saboreaba involuntariamente la mía: sal amarilla. Las lágrimas pesan, pero se dejan llevar por la gravedad, se vuelven graves al colapsar en nuestra ropa y en nuestros zapatos. Y en nuestros pisos. Cerré los ojos y se materializó la repetición de lo recién visto. Una pupila. Pero de pronto las luces se encendieron y empezó la pirotecnia. “Gracias por venir esta noche. Si lo desea, puede comprar el video de lo que acaba de ver en la tienda de souvenirs de la planta baja”, se escuchó por las microbocinas instaladas estratégicamente en el lugar.
—No mames, estuvo poca madre— me dijiste.
—Sí —te contesté.
—¿Cuándo venimos a otra?
—No sé, pronto, ¿no?— te dije, sólo por decir algo. Me acerqué al ventanal y lo toqué. Aún temblaba, pero ahora iluminado de millones de colores como pantalla led. Caminamos a buscar el elevador y no volvimos a hablar del tema. Tampoco compramos el video. Aunque yo seguí preguntándome a qué tipo de mente, más bien: de demente, o como sea mejor, se le ocurriría pensar en mirar el espectáculo de la destrucción frente a un espejo. Y si en tal caso, el secreto estaría oculto en la destrucción o en el cristal del espejo.

Selfie forense

 

La fotografía forense —retumbaron en mis oídos aquellas palabras del profesor— es una aproximación subjetiva a la objetividad. Es epistemológica, sentenciaba, y al concluir aquella conceptualización que consideraba brillante, soltaba una risotada.

Tal vez fue el extraño o curioso rigor mortis de aquel hombre sobre una cama con sábanas anaranjadas el que me lo recordó esta vez: su rostro dibujaba un gesto similar al de la sonrisa de pose, fingida, y sostenía aún, en la mano del tendido brazo derecho, el bastón para selfies, con el smartphone sujeto firmemente a la punta y la cámara todavía encendida (maravilla de pila, pensé).
Siempre he creído que la mente es un repositorio de basura mezclada con conocimientos y disparadores de pensamientos, un revólver de ideas que va tomando forma en la ruta recorrida del punto de origen al punto de salida, y que se carga automáticamente, en un mecanismo de adaptación a la complejidad de la existencia.
Con las cosas de la cabeza nada es casualidad. De manera que de pronto, en un segundo, me recordé a mí mismo aquella vez, bajo un sol de septiembre, en la fila para comprar los boletos de entrada a las catacumbas de París. En realidad lo que invoqué fue el diálogo de una pareja de turistas, delante de mí, que coincidía en el más profundo sentido crítico en su disertación sobre las selfies: el más grotesco espectáculo de vanidad de las clases medias, “bueno, uno de ellos, el principal hoy en día”.
En resumen, despreciaban a quienes se tomaban fotos de sí mismos, por convertir las maravillas naturales del mundo, las proezas fabricadas con el ingenio y el arduo trabajo de cientos de personas con vidas destacadas, los sitios de las más gloriosas hazañas, el arte que altera o relaja los sentidos, decían, en un vil telón de fondo, en un ciclorama mudo de historia, siempre en segundo plano e incluso desenfocado.
—Pinche deseo de alardear con el clásico “yo estuve aquí”— concluía la mujer.
Pienso igual que aquella pareja, aunque supongo que el “yo estuve aquí” de las selfies es un tanto más higiénico, o al menos lo aparenta, y gracias a la tecnología que se conjunta con el diseño, quizá un poco más sofisticado.
Y lo recordé en aquella hermosa residencia —a la que llegamos por una llamada de la empleada doméstica que había vuelto al trabajo ese día—, cubierta de desolación y polvo en todos sus rincones. En fin. Empecé a hacer mis fotos en la habitación, como marcan los cánones: de la posición del masculino de unos 50 años en decúbito dorsal, del rictus, del detalle de la ropa satinada para dormir, de la marca que dejan sobre las almohadas los fluidos de quien ha tomado una sobredosis de medicamentos, una panorámica para mostrar el claro contexto del nivel de vida del occiso, el juego de maletas de piel en cuyas agarraderas se observaban, al menos, una docena de fajillas de vuelo de avión. Me las ingenié para, sin alterar la escena, tomar todos y cada uno de aquellos cinturoncillos. El más reciente decía que el hombre había aterrizado hacía tres días en la ciudad.
Hay sentencias de mi profesor que me acompañan a los bares, barrios, tiendas, hoteles, bancos, azoteas, baños, cisternas, bosques, zanjas, ambulancias: “La fotografía forense es la ciencia del pequeño detalle”, decía en clase, y luego buscaba la mirada de cada uno de sus alumnos esperando que, uno por uno, asintiera.
Quizá por eso ocupé todo un rollo —sí, usamos película en ASA 100 y hacemos negativos para que la evidencia tenga valor probatorio, la foto digital puede ser más fácilmente alterada— en la mano aferrada al bastón de selfies. Sin la fotografía digital, me dije, ese tipo de autorretratos no existirían; mucho menos estos artefactos similares a un paraguas, sólo que sin sombrilla.
Acabado mi trabajo me acerqué al perito en jefe que revisó el teléfono y le pregunté si había fotos útiles.
—¡Sí, señor!, este pequeño rico Mac Pato acaba de viajar por todo el mundo, cuatrocientas cincuenta y dos imágenes de sí mismo, tomadas por sí mismo. Se fue a despedir de Kenia, Grecia, Turquía, Malasia, Indonesia, China, India, París, Italia, Portugal, Costa Rica… —me dijo, mientras deslizaba su dedo, con cierta dificultad, pues estaba protegido por el guante de látex, sobre la pantalla del teléfono, como pasando páginas de libros.
—Míralas si quieres, pero sólo si ya acabaste lo tuyo.
El muerto, como todos los suicidas, se había despedido, en su caso, “del mundo” y de la que supuso su irremediable bancarrota. Las pruebas de lo anterior eran, además de una carta póstuma, las fotos de sí mismo en excéntricos hoteles de lujo, captadas todas con el consabido patrón de la selfie. Si acaso, el hombre tiene puestos los lentes oscuros en algunos casos y en otros no.
—Cuando termines, lo guardas aquí, plis —me dijo el perito, y me pasó una bolsa con zip.
—Claro.
Revisé unas trescientas, en realidad las cuatrocientas cincuenta y dos. Hurgué en el encuadre, escudriñé en el foco y en la luz con la obsesión de un stalker, en lo que eran y en lo que no aquellos retratos, y me invadió la remota certeza de que el hombre, desde el arranque del viaje del adiós, ya iba muerto.
Volví a rememorar la conversación de la pareja de la fila de las catacumbas, (en las cosas de la cabeza nada es casualidad). Desprovistas del ciclorama, del telón de fondo, las selfies, en tanto resultado de la fuerza del ego, son reafirmación del “yo estoy”, y por derivación del “yo soy”. Son, por ende, evidencias autogeneradas de la existencia individual, una prueba de constante sujeción a la vida y, por simple lógica, una reacción ante el temor a la muerte.
La paradoja es que, como tal, la existencia de una selfie dura sólo el instante en que se toma. Mientras su vida artificial, efímera o intermitente, se la confieren “los otros” cuando las observan. Y eso es posible gracias a las redes sociales que se encargan de que esos “otros” las miren. Sin “los otros”, las selfies simplemente no serían, no tendrían sentido. Lo que no se ve: no existe.
Esta clase de autorretratos son pruebas de vida, sí, pero no de todos, si acaso lo son de quienes pueden acceder a un teléfono inteligente, o sea la clase media moldeada a imagen y semejanza del mercado de necesidades y de los dictados de fuenteovejunas en redes sociales. Aunque eso será temporal, por ahora.
El profesor decía que la fotografía forense es la ciencia del pequeño detalle y si todo lo que supongo es cierto, el hoy cadáver, cuando empezó a fotografiarse, con esa falsa sonrisa que quiso volver eterna, creó evidencias de que empezaba a morir.
Mi mente voló entonces hacia mis propias selfies, a las de mis amigos y a las de desconocidos. ¿Acaso son también evidencia del inicio de nuestros propios decesos y, aún como muestras de vida, vaya paradoja, podrían formar parte de un futuro historial forense?
En la camioneta, rumbo al Ministerio Público, de pronto algo se configuró: el occiso y su entorno, su sonrisa artificial, el gasto de “lo último” que le quedada en viajes, el siniestro bastón de las selfies asido con la mano: este hombre, más que suicidarse, como lo estipulamos en el expediente que ya no vamos a cambiar, perpetró una venganza de la que ahora yo formaba parte involuntariamente al ser el “otro” que le estaba confiriendo sentido a sus selfies, y por ende a su muerte: una vendetta contra la vanidad, uno de los soportes de la vida clasemediera actual, perpetrada con los propios recursos de sus rutinas: un ajuste de cuentas limpio, que logró disparando cuatrocientos cincuenta y dos tiros.
—Carajo, siempre he creído que la mente es un repositorio de basura.

god.com y el impostor

En una dinámica azaroza, como, pensaba, se conducía en los últimos tiempos, Sofío entró al sitio con los últimos visos de esperanza que le quedaban. El administrador lo identificó al instante y lo abordó.

—Bienvenido a God.com, esperemos que disfrutes la experiencia del chat hablado y en 3D. ¿Cómo te enteraste de nuestra existencia?
A Sofío aquel saludo le pareció una suerte de encuesta sobre servicios de atención al cliente, pero decidió no demorar la respuesta para no parecer poco diplomático:
—Nadie. Me llamó la atención el diseño.
Hacía meses, Sofío vagaba por un mundo alterno, monótono, pero de moda, en Internet, en las redes sociales, en busca de sentido. Hasta que su patrón de búsquedas lo condujo a aquel espacio cuya arquitectura le hizo sentir el espíritu reconfortado. Asemejaba un templo. Había silencio y espacios para alojarse en un pretendido entorno de soledad. Sofío no recuerda haber pronunciado que también el nombre del lugar le llamó la atención: God.com.
—Sí, somos un poco pretensiosos. Pensamos en grande, en extenso y en profundo ¿En qué te podemos ayudar? —le dijo el anfitrión, barbado, con fisonomía celestial. Y arrancó en sonido envolvente la voz tersa de Anna Netrebko: o mio bambino caro.
—Yo sólo tengo un poco de desasosiego—dijo Sofío, mientras en el fondo del sitio un cilindro se iluminaba paulatinamente como si se llenara de un líquido fosforescente.
—¿Alguna causa en particular?
—Estoy medio existiendo.
—Explícame un poco más, quizá pueda ayudarte —dijo el anfitrión, condescendiente.
—Los tiempos actuales me están obligando, como a todo el mundo, a duplicar mi existencia, o a desdoblarla. A vivir en dos dimensiones: una real y otra virtual.
—Sí…
—Hoy en día sólo existimos si tenemos cuenta, por ejemplo, en Facebook o Twitter. Pero ahí la interacción está mediada. Hay un ente que registra nuestros gustos y conductas, nos identifica, agrupa, clasifica y, por ahora, nos ocupa comercialmente como una base de datos. Le rehúyo un poco a esa forma de ser. Por eso posteo poco. Pero cada vez más gente me reclama que casi no existo.
—No está tan mal. Nosotros tenemos fan page y cuentas en todas las redes sociales.
—Quizá no era éste el sitio al que debía haber entrado.
—Sí es. Y no digas más. Tu desasosiego se basa en lo que llamamos el mal del no nativo. Es incurable. ¿Te duele el paso del tiempo?, ¿o acaso no estás empezando a pensar que en el pasado todo fue mejor: la escuela, la vida, la convivencia? —dijo en actitud doctoral el anfitrión.
—No creo que sea eso. Es un temor fundado. Interactuamos cada vez más a través de videos, imágenes e íconos, y menos con ideas escritas, nos reímos y lloramos en emoticones, más que en gestos, carcajadas y lágrimas. Oímos, sentimos y pensamos a través de los ojos. Es un mundo falso, de pura subjetividad. Es el cielo y el infierno de la subjetividad.
—¿Y qué?
—¿Cómo que y qué? Nos está conduciendo a una realidad que no se crea con nuestra existencia real sino con la virtual, a un lugar donde a la gente le cuesta menos trabajo ser lo que quiere ser, porque sólo sube a su muro y a su perfil lo que quiere subir, y eso nos fracciona interesadamente su ser.
El anfitrión hizo un esfuerzo por no mostrarse exasperado, mientras al fondo del sitio el cilindro de luz líquida casi llegaba al tope.
—Para ser más exactos, en la actualidad se intercalan las dos formas de interacción, la real y la virtual. Y sí, en el futuro, que esperamos sea próximo, la virtual se abrirá paso sobre la primera. Y en el nuevo mundo será más fácil ser y eso será un incentivo para ser feliz. Porque ser feliz es hacer más lo que más nos gusta y menos lo que no nos gusta.
—Creo que está yendo demasiado lejos y muy rápido.
El hombre se aproximó a Sofío y lo abrazó paternalmente. Faltaba nada para que el cilindro fluorescente se llenara.
—No. Lo que pasa es que en estos dominios adoramos a personas como Aldous Huxley, el autor de Un Mundo Feliz, y a gente como él. Seguro recuerdas que en una parte de su obra nos habla de la señal de la T, por el modelo T de Ford. Aquí creemos, y estamos tratando de dar fuerza a la hipótesis de que la F, aunque así lo escribió, no era por Ford, sino por Facebook y la T no era por el modelo T, era por Twitter. Aquí la señal para santiguarnos no se hace con el pulgar sobre el índice. Es un dedo pulgar hacia arriba, es el like. Así que, aunque después cambie de nombre, éste será el verdadero mundo feliz.
—Pero estamos atrofiando el sentido del tacto: un bebé toca a su madre para sentir su amor, un hombre a una mujer para llevarla al clímax… ¿Acaso el tacto se reducirá a palpar un botón, un teclado, una pantalla?
—Pronto la realidad virtual podrá manipular puntos específicos del cerebro que activan las sensaciones… y las emociones. Tal vez ya no te toque vivirlo…
En el fondo sobre el cilindro de luz fosforescente apareció entonces marcada la palabra full. El anfitrión se transformó en una mancha. Netrebko calló y empezó a oler a cañería.
—…más bien, ojalá que no te toque vivirlo, porque no te lo mereces —gritó el anfitrión, ahora .
—No me está ayudando.
—En el nuevo mundo eres dueño de tu vida y también del propio mundo, tu libre albedrío radica en la posibilidad de subir a tu muro todo lo que se te dé la gana, con el incentivo de que siempre es verdad.
—Eso es una dictadura del relativismo, un mundo de verdades por conveniencia —Sofío alzó la voz.
—¿Te sientes el Papa? —soltó una risotada el anfitrión. —Largo de aquí, que echas a perder mi negocio.
—¿Cuál negocio?
—La vanidad, idiota. La vanidad es el nuevo soporte de la fe.
—Esto es demasiado, ¿quién demonios eres?
—Me llamo Gabriel Ortega Domínguez. Un nombre común. Por eso y por otras razones este sitio lleva mis iniciales God.com. Es mi dominio, yo lo compré primero y lo he ido extendiendo como cualquier otra religión, con mucha programación y a golpes de guerra, de presión psicológica cuando ha sido necesario y con mercadotecnia, también por razones económicas y de productividad, y en nombre del desarrollo y hasta del amor.
—Eres un falso. Un impostor.
—Tal vez, pero eso no lo saben todos. Sólo los inadaptados. Lo bueno es que en unos veinte o treinta años la gente como tú se va a morir, devorada por el nuevo mundo. ¡Lárgate de mi sitio si no quieres que te bloquee y nunca puedas volver a buscarme…!
—…
—El relativista eres tú al suponer que sólo un mundo objetivo conduce a la felicidad… ¡Mírate! Ni siquiera puedes sostener un debate de altura. ¿Ves ese cilindro? Ya estás escaneado. Eres sólo un L-2 en mi escala, un nivel muy mediano. Estudia más, tal vez algún día tus argumentos puedan superarme. Otros lo han intentado, pero sólo me han hecho mejor.
—Ladrón.
—Estás equivocado. Y espero que hayas leído el aviso a la entrada, porque los 20 minutos que llevas aquí te costaron dos mil coins de tu crédito virtual. Es la tarifa que cobramos por hacer entender a gente como tú que la verdad, aún subjetiva, cuesta… y arde.
De pronto Sofío estaba fuera del sitio, en un limbo impalpable. En la plenitud del desconcierto y la pesadumbre. Mientras se desvanecía paulatinamente la leyenda: Game of Doubts (Juego de Dudas) God.com. Se sentía burlado. Buscó con desespero el botón de unlike —el ícono del pulgar hacia abajo—.
Estiró el brazo como dando un puñetazo de rabia y supuso que quizá lo alcanzó a presionar… Se quitó luego los lentes de realidad virtual. Estaba pensando mucho y sentía que la frente le ardía.

Los hefestos de princesa

Aquella noche de expectación, la de cada año, la fragua instalada en el rincón de uno de los jardines del rancho ardía y, sobre ella, con aleaciones de metales al rojo vivo pequeños remedos de espadas iban tomando forma a golpe de martillo.

—¡Tienes que sudar, muchacho! —exigía Miranda, mujer de belleza media potenciada con los artificios de la producción televisiva. Hagiógrafos a sueldo la llamaban Princesa, y le atribuían los dones de la elocuencia, la conversación y el emprendedurismo. Había incluso quienes la comparaban con la vargasllosiana “niña mala” y le reconocían su capacidad mercadológica para construirse, en el mundo multimediático, una imagen imitable: poderosa, moderna e influyente. Ella más bien se describía, en sus devaneos psicoanalíticos como zorra, “exclusivamente por la astucia”, aclaraba, y también adaptativa.

—¡Y ustedes también, preciosas! —les gritaba después a dos jóvenes bañadas en humores pétreos y con respiraciones que inflamaban los dolores musculares. Sus marrazos desprendían del acero chispas cuyos vuelos parabólicos imitaban luciérnagas excitadas.

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